A los tres meses de la llegada de mi hijo, la felicidad que trajo este maravilloso ser se vio interrumpida por una seria enfermedad respiratoria que meses después se repetiría en varias ocasiones y se convertiría en un diagnóstico difícil de asimilar en un principio. Sin escatimar esfuerzos consultamos varios especialistas, en donde cada uno, decía tener la respuesta a la solución definitiva de los eventos que mi bebé presentaba. Con ningún medicamento o terapia parecía mejorar, tampoco empeoraba pero ver una criatura diminuta y tan dependiente luchando por respirar era desgarrador. Fue así, probando y preguntando, como llegué a la homeopatía, ciencia en la cual no creía pero, en medio de la desesperación, acudí con la esperanza del que no se rinde. Para mi sorpresa, al otro día de empezado el tratamiento, mi hijo estaba mucho mejor y a los pocos días se encontraba respirando normalmente.
Esto me desconcertó. Estaba feliz de haber encontrado el remedio que curaba a mi hijo o por lo menos, le ayudaría a vivir mejor pero no podía entender como la medicina convencional, ciencia en la que tanto confiaba, no había podido auxiliar a mi hijo en una enfermedad que, aunque seria, era muy común.
acompañado de su afección respiratoria, se sumaba el mal carácter que poseía en varias ocasiones al día a mi hijo y que, cuando empezaba a hacerse daño me sumía en un dolor tan intenso y tan agobiante que me dejaba hecha cenizas. Si la medicina natural era la respuesta a los malestares de mi niño, yo la estudiaría e investigaría con mi corazón cargado de fe y disciplina para encontrar aquellas gotas que "lo harían ser feliz para siempre"; tal cosa nunca existiría.
Tiempo después ingresé a un curso de esencias florales y homeopatía, ¡me encantaba¡, sentía que ahí encontraría las respuestas. Me dediqué día y noche a estudiar las esencias y pronto empecé a darle algunas a mi hijo, a recomendarlas a algunos conocidos y a probarlas en mi. A algunas personas les funcionó, mi hijo siguió con sus ataques de ira y yo, bueno, todo seguía igual.
Le di la oportunidad a la homeopatía, después de todo, ella había curado a mi hijo, era lo menos que se merecía. Las primeras clases fueron realmente reveladoras, pues aparte de la teoría de esta materia, me explicaron que el origen de todas las enfermedades proviene de nuestro interior, de lo que sentimos, de lo que guardamos, de nuestros odios y traumas, de los eventos y sentimientos que depositamos en nuestro inconsciente y que a veces no sabemos que está ahí, de lo que se está descomponiendo en nuestra alma y que, posteriormente pasa a descomponer nuestro cuerpo. ¿Cómo así?, me están diciendo que las enfermedades que sufren mis seres amados son su culpa y que la afección de mi hijo es mi culpa?¿Que el asma de mi hijo es mi propia intolerancia? ¿Que mi agotamiento crónico es falta de motivación en mi vida? y que ¿mi hipotiroidismo es mi impaciencia y dominio?¿No puede la homeopatía curar mis defectos?. Fue doloroso escuchar eso y sobre todo, contrastarlo con la verdad, nuestras afecciones eran producto de nuestros procesos estancados y no había medicina tan poderosa capaz de curar nuestro corazón, ese proceso de curación debía ser lento, progresivo, autodidacta y sobre todo, tormentoso.
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