Lealtad, una palabra que generalmente todos describen como un gran adjetivo, se lo adjuntan a una persona honorable, a una persona que conoce el sentido de existir. Esta sola palabra tiñe de carmesí mi árbol genealógico.
lealtad a quién nos regala la vida, nuestra madre y las mujeres de mi árbol, mi ascendientes, han tenido esta palabra guardada en su inconsciente, en nuestro inconsciente colectivo, pues nacimos portándola en nuestro ADN y somos leales. Leales a algo que aún no descubro, a nosotras mismas, a una comunidad, generación tras generación. Yo soy leal a una cultura que no conozco, que irradia a millones de kilómetros y en este momento de mi vida, intento descifrar el porqué, intento convertirme en alguien no honorable, intento romper esa lealtad. Aunque somos leales por naturaleza a nuestros progenitores, cada paso que he intentado dar en mi vida ha sido guiado por esa lealtad que yo ni siquiera conocía y que ya quiero mas. Debo cortarla y esfumarla, debo sanarla y para lograrlo llega el momento de explorar cientos de años atrás. Encontrar el origen de ese sentir y ese actuar, el génesis de esa necesidad de satisfacer a todos exceptuándome a mi, esa suerte de no poder elegir por mi misma y mediante el estudio del árbol genealógico, con la ayuda de una gran amiga, que me hay inducido a descubrir patrones de conducta, verdades ocultas, síndromes de aniversario, que se han repetido década tras década en las mujeres de mi familia lo he ido alcanzando. Solo mediante el estudio de mi árbol es que he logrado encontrar respuestas a múltiples de mis preguntas, preguntas que no sabía que estaban en mi mente, pero que felizmente he encontrado. Un dibujo tan simple, tan grande, tan magnífico, tan triste...en ese dibujo de mi alma, donde realmente comienza mi cambio.
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